Encuentro de comunidad de noviembre de 2025

Cayó la noche de un caluroso viernes de noviembre y se aproximaba el momento esperado. La casa estaba dispuesta para una nueva reunión, los pisos limpios, el espacio de encuentro acomodado y la comida en proceso. Tres semanas antes habían compartido el último encuentro y todos estaban con muchas ganas de volver a verse y abrir nuevamente sus corazones.
Llegó el primero de los presentes y empezó a conversar con los anfitriones. Se pusieron al día mientras esperaban al resto y seguían preparando la cena. De a uno fueron llegando, hasta que estuvieron los nueve. Nueve que decidieron que esa noche se iban a encontrar. Iban a encontrarse con ellos mismos, con los otros ocho, con cada una de sus historias y con Jesús. Nueve que creen que vale la pena dedicarle un tiempo a hacer una pausa, reflexionar, rezar y compartir. Todos en la misma sintonía. Esos nueve creen que lo mejor que podían hacer ese viernes a la noche era reunirse.
Ese viernes reinaba la alegría. No solo porque la que se había incorporado al grupo por primera vez la reunión anterior estaba entre los presentes, contenta de estar nuevamente allí; sino porque en esta ocasión, dos invitadas más se habían sumado por primera vez al grupo.
Empezó la picada, y quienes habían aceptado el servicio de preparar el encuentro invitaron a comenzar. Primero le dieron la bienvenida a las nuevas, e invitaron a compartir de qué trata el espacio. A medida que contaban sobre las dinámicas de las reuniones, fueron contando particularidades del grupo, sobre todo haciendo énfasis en cuanto se enriquecía el mismo por la pluralidad de sus integrantes. Explicaban cómo cada uno desde su experiencia y sus vivencias, lograban compartir y congeniar de tal manera que la armonía que se generaba era única e irrepetible. Expresaban que el grupo era como una obra de arte, en la cual muchos ven lo mismo pero aprecian diferentes cosas, y en este caso, además, esta obra de arte estaba creada por todos sus integrantes.
Luego, la dinámica de este encuentro tuvo como excusa disparadora la lectura de un texto. Y digo excusa porque al final de cuentas la dinámica puntual es eso, un disparador que les ayuda a compartir lo que tiene cada uno desde lo más profundo de su ser. En este caso se leyó en voz alta el epílogo de “Pacto entre derrotados” escrito por Ernesto Sábato. Todos los presentes iniciaron una escucha atenta de lo que el lector iba leyendo. El texto era tan profundo como concreto. El escritor narraba cosas tan cotidianas y sencillas, como profundas. Hacía un recorrido por cuestiones tan humanas e inevitablemente terminaba reluciendo lo divino en cada una de ellas. Relataba realidades duras, de esas que abundan en nuestras vidas y en la de los más vulnerables, y resaltaba el triunfo indiscutido de la esperanza y la fe, para lograr que siguieran adelante. Rescataba la cantidad de hombres y mujeres que creen y luchan por un mundo mejor, más justo y más humano. Hombres y mujeres que entregan su vida por el otro, y son tan santos como los que están en los altares. El texto finalizaba invitando a hacer un pacto entre nosotros, y luchar por nuestras utopías, recuperar nuestra humanidad perdida y comprometernos con el otro.
Luego de unos instantes de silencio para asimilar la lectura, los presentes fueron compartiendo lo que había suscitado en sus corazones. Fue maravilloso ver como el mismo texto resonaba en cada una y cada uno de manera diferente, y en esas diferencias compartidas se iban nutriendo todos adquiriendo nuevos puntos de vista. Porque esa es una parte esencial de nuestro carisma Dominicano, buscar la verdad a la luz del espíritu y lo que se comparte en comunidad. Cada cual daba luz con su particularidad única e invaluable. Ese momento compartido a corazón abierto, sin ningún lugar a dudas fue atesorado por todos los presentes. Quienes lograron profundizar a modo personal lo reflexionado, conectar con algo más trascendente (a lo que algunos le llamamos Dios) y estrechar lazos entre ellos cultivando comunidad.
Previo a la cena, tuvieron un momento de oración colectiva, de poner explícitamente las intenciones de cada presente en las manos de Dios a la luz de la vela. Hubo fundamentalmente acciones de gracias y peticiones, la sensación de agradecimiento por el espacio era compartida por todos, en especial por las que estaban participando por primera vez, ya que hacía tiempo no tenían un espacio así y era algo que deseaban. El deseo de tener un lugar así para toda la vida se hizo eco entre más de uno. Cerrando con un padre nuestro, se dió paso a la cena.
Pizzas caseras y fainá era el menú de la noche, todos compartieron y siguieron charlando. Hubo anécdotas, vida compartida, y preguntas que hacían muy fluida la conversación, la cual era única entre los nueve. Hubo temas un poco más profundos, y otros no tanto — el centro era seguir compartiendo y disfrutando. Al finalizar la cena siguió el postre, y con el helado se fueron dando las últimas charlas de la noche, noche que solo el cansancio de la semana podía hacer que en algún momento terminara.
Se fueron despidiendo con un apretado abrazo y el deseo de un pronto reencuentro. Estos encuentros son la pausa necesaria en la rutina para poder conectarse con lo que realmente importa y vale la pena. Enriquecen a todos los que son parte y repercute en el resto en los días siguientes. Pronto habrá una nueva reunión, tal vez con distintos integrantes, pero seguro será con la misma sintonía y el centro puesto es seguir haciendo camino juntos y tendiendo puentes — puentes entre los presentes, puentes entre ellos y otros, puentes entre lo que pueden ver y lo que podrían ver, y puentes con Jesús.

